miércoles, marzo 16

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Morvoz respalda la opinión de sus colaboradores...

He leído un artículo (de alguna manera habrá que llamarlo) en una “supuesta” revista poética, en el que el autor lanza toda su artillería pesada “presuntamente” contra Editorial Morvoz.


“Supuesta”, porque opino que una revista (o lo que sea) que se autodenomina poética, lo primero que debería revisar es su ortografía y gramática, y ese texto está salpicado de algunas faltas ortográficas que dañan ligeramente la vista.


“Presuntamente”, porque el creador de tan brillantes palabras no ha tenido güevos (usando sus términos) para dar nombres, pero como copia frases literales de las páginas de Morvoz, es más que evidente que se refiere a ellos, y que, además, es un fiel seguidor de sus trabajos. Por cierto, en la fotografía que lo precede aparece un hombre enmascarado, detalle que me parece más que significativo.


Como lectora de Morvoz, como colaboradora eventual, y como mujer (podría ser, incluso, que como modelo… ahí lo dejo), me he sentido ofendida por el contenido del “artículo”, y he llegado a la conclusión de que el artífice debe ser el propietario de una mente retorcida, de esas que se dedican a dar la vuelta a la tortilla para cambiar la versión de los hechos, y que posiblemente sea su mente calenturienta y misógina la que tenga ese concepto de la mujer. En fin, uno de esos tipos cuya sensibilidad artística se concentra única y exclusivamente en sus partes más nobles, y que se ponen cachondos cuando ven (si es que lo ven) un cuadro de Rubens, Goya o Botticelli, en el que aparece una mujer desnuda o... ¿quién sabe?, mirando el David de Miguel Ángel. Presuntamente otra vez, porque a ciencia cierta no lo sé.


Por último, invito al virtuoso articulista a que haga una reflexión sobre este sabio y filosófico pensamiento: “Para hablar con la boca grande hay que tener el culo muy limpio”.


Berta Tarbe


Pd. Marváz también respalda las opiniones, quede claro.










sábado, marzo 12

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AGATHA TEMPESTAD




Agatha ¿dónde ahora?


A punto de someter la tragedia más atroz de la existencia impura, grito tu nombre de madrugada, en medio de los silencios que causan los amantes en cama sin saber que afuera el dolor es la fuente tormentosa que marca mis ruegos a la luna, pasaron noches clandestinas, días incipientes, cadáveres de letras en las que no conseguí refugiar esta pena amarga que sigue transitando desde el momento de tu feroz partida, al no saber de ti, pregunté a los ancianos de Verona, a los fuegos de Palestina, a los iniciados de Portugal, nadie sabia nada, creyeron que mi locura había dado un vuelco y se había convertido en esquizofrenia, proterva hora en que mis labios dejaron de rozar el camino que tus pasos marcaban de forma despectiva, la clemencia es un arte completo que no te compete y sigues atesorando tu egolatría con tal de verme rendido, las mañanas claras en las que el ron era el acervo necesario para vivir de pie, si a esos momentos se le podían llamar vida, no te encuentro y mis pies llagados no descansan con tal de escucharte, naturaleza mía.

¿Agatha, dónde estás?

Sé también que no en los restos de cicuta con que Sócrates quedó tendido, ni en los clavos del Cristo narcisista, no en la Tora, ni en el libro de Nod, tal vez mañana una señal bélica marque un sito donde pueda hallarte, como sea y como quieras, desterrada del sabor a tinto, naufragante entre ajenjo asequible, una lágrima fue dibujando tu partida con sabor a opio y crack, sin más ganas que fastidiar el existencialismo y la beatitud de este mundano ciclo, doce veces siniestro y recostado en el catre podrido que quedó del escombro de tu vacío, inhiesto ahora deambulando entre las más divinas tentaciones pero sin el pecado supremo de tu sexo celeste, ¿dónde ahora?, Agatha anarquía y demencia, un laurel viaja lento y no encuentro construirlo liviano ante la inaudita clemencia de la gravedad, pasaste de ser sueño a surrealismo sugestivo, un posesivo ente taladrado por la desdicha.

¿Agatha, dónde estás?

Sé que no en mis labios descompuestos, ni en mis ojos libertinos, no en las manchas del camastro, ni en la podredumbre de la sociedad, no en aquelarres ni en el esoterismo, no en las tumbas Mexicas ni en los sudarios sacros, no en las ruinas de Gomorra ni en los cuentos de demonios, sigo en tu búsqueda constante con tal de mirarte una vez a mis pies, desafiando mi instinto de canalla, mi lado sinistro, serás por momentos necesidad o principio pero no siempre, de un segundo a otro eres la puta del siglo, una apología barata, la mal nacida del Tíbet, la consonante ignorada, la sentencia de Hannibal.

¿Agatha, dónde ahora?
¿Dónde tu veneno barato?
¿Dónde tu amor enfermizo?
¿Dónde tu cuerpo de serpiente?

¿Dónde habitas ahora en que te necesito? no sé si son tus formas las que ansío o tu alma pecadora e intangible, no sé si es la hora en que mis manos tiemblan por caprichos banales o en las que mis piernas necesitan calor vehemente, antes de volar me acercaré despacio sin más palabras que las que conoces sobremanera, Agatha intranquila, puedo ver tu equilibro desmoronado, Agatha intensa eres la misma, las mismas faldas, las mismas ganas, Agatha estallido perpetuo, plaga constante…

Agatha, ¿dónde tus rezos, dónde tu sexo?
Agatha miedo, ¿dónde tus labios?
Agatha liviana, ¿dónde tu tiempo?
Agatha, ¿dónde estás?
Agatha, ¿dónde estás?
puta mía, ¿dónde estás?

martes, marzo 8

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Mujer y no morir en el intento...


Modelo: Agatha
Foto: Agathokles
Modelo: Soren
Foto: Alexander Zmeckye
Modelo: Frida
Foto: Marváz

Morvoz y todos sus integrantes,

en pleno día de la mujer, no quiere dejar pasar su concepción sobre el exquisito ser que representan, apoyándose de múltiples teorías, dígase física, química, sintaxis, anatomía, poesía, cuento, novela, pintura y untura, fotografía, escultura o dilema.

Sabemos que las salas de arte del mundo completo, estarían vacías si no existieran; tampoco habría poesía, ni lírica, ni cuento valedero, ni una sola novela. Qué decir de las canciones de amor, de los coloridos enseres diarios de cuando son “lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan”, de la visión humana, de la mujer que se vuelve gaviota y se escapa con su par de ojos-alas a través de la ventana para no volver, ¿qué pasaría sin la respiración suave que mece nuestras camas entre la pesadillas o los sueños dulces?

Queridas nuestras:

Brindamos por su emancipación, por el respeto, por la no violencia, por el derecho a su cuerpo, y por nuestra incomprensión a su modo de ser.

Felicidades y gracias por todo.

Atte. El corazón en la mano

miércoles, marzo 2

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Berta Tarbe y Marváz

Con el extracto de este relato le damos la bienvenida a Berta Tarbe, ciudadana del mundo (autodefinida como acróbata vaginal sin muestras gratuitas), que pone a nuestra consideración su sapiencia sexual y el desparpajo para las horas del amor, que de su propia boca, dice, -Son todas las del día y la noche-.

Su texto nos recuerda ligeramente a algunas narraciones de Anaís Nin, juzgue usted.

El equipo editorial agradece profundamente sus lúbricas palabras.




Me sobresalté al sentir su aliento cálido en mi cuello y una lengua hábil que descendía por él suavemente para perderse entre mis senos. Supe que no estaba soñando cuando me desabrochó el sujetador con dedos expertos, y desperté por completo en el momento que unos dientes ansiosos se apoderaban de mi pezón izquierdo. Me besaba los labios, los ojos, me lamía el rostro, el lóbulo de la oreja… Introducía su lengua inmensa en mi boca y la abandonaba para buscar de nuevo mis pezones; los chupaba, los mordisqueaba, los succionaba…



Deslizó una mano por debajo de mi cuerpo y me incorporó sin esfuerzo, situándome con la espalda apoyada en la pared y las piernas suspendidas en el borde de la litera. Se arrodilló delante de mí, enterró la cabeza entre mis muslos, y comenzó a explorarme; primero a través del tejido de mis bragas, después retirándolas a una lado y haciéndome sentir el contacto de su lengua, y de toda la boca, en cada entrante o saliente de mi geografía. Yo me aferraba del cabello encrespado y atraía la cabeza hacia mi sexo, intentando que no se alejara ni un centímetro. Pero no hacía falta: parecía que no necesitaba respirar, o mejor aún, que quería respirarme a mí, succionarme, beberme, comerme hasta las entrañas, hacerme desaparecer dentro de su boca mientras mis caderas se retorcían y convulsionaban sin control entre sus manos. Estaba a punto de explosionar cuando se incorporó, con la cara sudorosa y mojada por mis fluidos, y aproveché para desabrochar su cinturón. No llevaba slips, y antes de que el pantalón cayera al suelo, me encontré frente a una erección enorme que me señalaba como un dedo inquisidor y de la de la que escurría una gota espesa y blanquísima que contrastaba con su sexo tan oscuro. Me abalancé hacia ella para devolverle la generosidad que momentos antes había tenido conmigo, pero por más empeño que puse en la faena, no conseguí abarcar con mi boca más que una pequeña parte de su miembro interminable. A él, por los gruñidos de complacencia, parecía que le resultaba más que suficiente. “¡É gostoso! ¡é gostoso!”. Repetía una y otra vez. Tengo que decir que hasta entonces nunca antes había incluido entre mis fantasías eróticas una polla tan grande, es más, incluso me daban algo de pánico, pero a partir de esa noche mis gustos variaron considerablemente.


Aprovechamos cada rincón del reducido espacio, y me penetró en posturas tan complicadas, que me sentí como una experimentada acróbata vaginal: sobre el pequeño lavabo, suspendida en el aire, con mi trasero pegado al cristal de la ventana… Hice alarde de una flexibilidad que ni yo misma conocía, y después de ese viaje di por bien empleado el dinero invertido en el gimnasio. Él alternaba las palabras dulces en español con otras que no había escuchado en mi vida, y emitía unos alaridos salvajes que me excitaban tanto como sus embestidas. “¿Está a gozar?” Y yo, para que no hubiera ninguna confusión con el idioma, me limitaba a repetir, casi sin aliento, sus palabras: ¡É gostoso! Gritaba sin preocuparme de que mi voz pudiera escucharse en el silencio del vagón.


Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Él supo reservarse hasta el final, pero cuando lo hizo, pensé que saltarían las alarmas del tren.

Texto: Berta Tarbe (El placer es mío)
Fotos: Eric Marváz

martes, febrero 8

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Proyecto de un beso

Lacrado en azul II. Alexander Zmeckye
alexzmeckye@live.com.mx


Te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
te mataré mañana poco antes del alba
cuando estés en el lecho, perdida entre los sueños
y será como cópula o semen en los labios
como beso o abrazo, o como acción de gracias
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
y en el pico me traiga la orden de tu muerte
que será como beso o como acción de gracias
o como una oración porque el día no salga
te mataré mañana cuando la luna salga
y ladre el tercer perro en la hora novena
en el décimo árbol sin hojas ya ni savia
que nadie sabe ya por qué está en pie en la tierra
te mataré mañana cuando caiga la hoja
decimotercera al suelo de miseria
y serás tú una hoja o algún tordo pálido
que vuelve en el secreto remoto de la tarde
te mataré mañana, y pedirás perdón
por esa carne obscena, por ese sexo oscuro
que va a tener por falo el brillo de este hierro
que va a tener por beso el sepulcro, el olvido
te mataré mañana cuando la luna salga
y verás cómo eres de bella cuando muerta
toda llena de flores, y los brazos cruzados
y los labios cerrados como cuando rezabas
o cuando me implorabas otra vez la palabra
te mataré mañana cuando la luna salga,
y así desde aquel cielo que dicen las leyendas
pedirás ya mañana por mí y mi salvación
te mataré mañana cuando la luna salga
cuando veas a un ángel armado de una daga
desnudo y en silencio frente a tu cama pálida
te mataré mañana y verás que eyaculas
cuando pase aquel frío por entre tus dos piernas
te mataré mañana cuando la luna salga
te mataré mañana y amaré tu fantasma
y correré a tu tumba las noches en que ardan
de nuevo en ese falo tembloroso que tengo
los ensueños del sexo, los misterios del semen
y será así tu lápida para mí el primer lecho
para soñar con dioses, y árboles, y madres
para jugar también con los dados de noche
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra.

Leopoldo María Panero.




... quisiera morirme agarrado a tus pechos.

Mejor buenos recuerdos que un pasado perdido,
por eso un buen día Matilde acabó por tirarse en el río.
Lo que fue tan hermoso que no caiga al olvido,
te estaré recordando por siempre,
Matilde, que tú no te has ido.

"El marido de la peluquera", del disco Golosinas.
Pedro Guerra con Bebe.


Lacrado en azul III. Alexander Zmeckye
alexzmeckye@live.com.mx
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