domingo, abril 29

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Revista Morvoz No. 119, año II (29-4-12)


Sobre la censura

por Éric Marváz



El pensamiento social se rige respecto a su desarrollo intelectual. Una población copada por un gobierno mediocre y corrupto, apoyado por instituciones eclesiásticas que promueven el irresponsable manejo de una sexualidad llena de miedo y falsos preceptos, da por resultado una (salvaje) opresión sobre las clases más endebles. 

En México más del 80% de la gente tiene un serio déficit cultural, motivo por el cual su percepción visual, estética y de compresión, está supeditada a los medios masivos de comunicación. 

Es claro que al estado le conviene la ignorancia y falsas expresiones, de este modo hacen un manejo nocivo de publicidad e información; basta pasar por un puesto de periódico o ver la barra de programación en televisión abierta para constatar una discriminación sin precedentes por la raza que somos y, aún con más saña, por pertenecer al género femenino. 

En nuestras manos está la lucha contra la censura, digo yo: desde nosotros mismos.


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SOY


Anoche, una criatura destrozó la luna en su mano izquierda, mientras yo besaba a dios en la boca.
El parque era un susurro de niebla, una fuente de pájaros rotos que al alba se recomponen y hacen extender las alas. Unos ojos eran el silencio, todo el deseo contenido. Un cuerpo, navegando hacia otro cuerpo distancias, tiempos, soles.
Las manos eran la soledad que se toca, que se reconoce en otras líneas; pero la mirada, era un signo de anhelo completo, el fundirse en la oscuridad de la garganta.
Tu cuerpo es mi vida, mi cripta también y mi grito, tu cuerpo es mi luz y mi tierra, tu cuerpo es una palabra nueva.
En tu cuerpo está mi mudez, mi dolor y toda la lujuria. Tu cuerpo es la llave del sueño, es un sueño largo y húmedo, un sueño de pasto negro y humeante.
La fuerza de mis palabras está en tus labios, en la forma de tu boca están los siglos de oro, los idiomas en tu piel, los ideogramas en tu cabello.
Eres un signo mayor, eres cada una de las constelaciones. Sin ti no hay música, no hay ruido, no arden los bosques, no hay incendio, no hay población, no hay nada, sin ti, no hay universo que pueda ser inventado, creado, descubierto.
Tus deseos son todas las bestias sobre la tierra.
Durante un espasmo tuyo se derriten mis ojos de mercurio, la vía láctea recorre mi pequeño cuerpo que se enciende. Soy tu estrella, tu fuego.
Soy.





EL FAUNO


Tú pastoreas mi desconsuelo
me acosas cuando estoy rota 
por el monte de la tiniebla
Me percibes
vertiendo los líquidos brillantes sobre las aristas de la tierra
cuando es acuchillada por la luna
y un lago de mercurio queda entre los dos
El apetito apesta todo el paisaje
somos un par de desconocidos para el mundo
que han venido a partirse y dejarse entrar
uno en el otro 
colmo de perversiones
Cada día
cada instante
me despedazas
para entrar
y venir
con todo tu dolor
para hacerlo crecer dentro 
y llamarlo
enorme Nada 

Fotografía: Humberto Caballero. 

Nació en Merida, Yucatán, el siglo pasado. Hace fotografía de danza, teatro y performance desde hace varios lustros.

Textos: Jeanne Karen 

(San Luis Potosí, mayo de 1975), poeta, editora, activista cultural y tallerista. Tiene cinco libros publicados: Canto de una mujer en tierra, Cuaderno de Ariadna, La luna en un tatuaje, El club de la tortura, Hollywood y algunas antologías. Su obra ha sido difundida a través de varios medios impresos y electrónicos en México y en otros países. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Tiene tres poemarios inéditos.  Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en la categoría de creadores con trayectoria, en el área de Literatura y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón y el Salvador Gallardo Dávalos. Y para el futuro el presente. Actualmente es tallerista en El Faro del Desierto.


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Otros demonios


Lola fue en busca de una copa y, todavía desnuda y ávida, empezó a descorchar la botella de champagne. Sin embargo, apenas había retirado el papel de estaño y los alambres que sujetaban el tapón, Dolores, Lola para los amigos, pensó que la botella podía tener otra utilidad, mucho más sugerente. Había leído cuentos sobre personas que se masturban con botellas y cuentos sobre botellas que se quedan tercamente incrustadas en los sexos de los masturbadores, pero eso no la intimidó. Empuñó la botella con tapón de corcho incluido y la introdujo en un sexo caliente y húmedo que agradeció inmediatamente la visita. Su vulva se movió sin recato alguno sobre el cuello de la botella, succionándola hacia dentro y expulsándola parcialmente luego; el sufrimiento quedaba atrás: aquel sucedáneo de la verga del traidor Bernabé funcionaba a la perfección y añadía el estímulo imaginativo de la novedad. Onán debe sentirse muy satisfecho al ver cómo se incrementan las filas de sus seguidores.
Aquí nuestro feliz durmiente vuelve a tomar las riendas del relato interrumpido por el sueño.
«Mis ojos se abrieron lentamente a la realidad exterior: un sexo caliente, sexo que abraza un cuello de botella, danza del vientre, Lola poseída por el placer, Lola con los ojos cerrados, la boca sensualmente entreabierta y el cuello, delgado y hermoso, arqueado hacia atrás. Volví a excitarme. El pelo largo y sedoso de Lola caía sobre sus hombros, cubría su espalda y uno de sus senos. Quise lamerla entera, poseerla, desgañitarla en mis brazos. Me levanté e intenté arrebatarle la botella que sus piernas ceñían con fuerza. Pero mi irrupción en su placer no fue bien recibida. Ciega y enardecida de placer, Lola siguió jugando con la botella, aspirándola y escupiéndola con los movimientos de su coño; meneando vientre, culo, tetas y caderas a un ritmo cada vez más enloquecido; había sabido vengarse y prescindir de mi presencia. El orgasmo no estaba ya muy lejos. Supe que no aceptaría ningún gesto mío, de modo que me limité a gozarla visualmente. Hubo un momento en que todo su cuerpo se encabritó estremecido, palpitó como una bomba y exhaló gemidos de placer.
No había concluido aún aquel paroxismo cuando algo muy extraño se produjo en el interior de Lola. Se oyó un ruido sordo, de estallido ahogado. Los ojos de Lola se abrieron súbitamente. Un grito le quedó colgado en los labios entreabiertos, todavía sensuales y tentadores. Mis ojos viajaron de su rostro al coño que había empezado a manar algo burbujeante, pero que no tenía el color del champagne: aquel líquido rojo formó un charco en el suelo. Y el charco se fue haciendo más y más grande hasta que Lola se desplomó y la botella cayó al suelo. Aterrado, vi que la botella ya no tenía tapón; muerto de miedo, constaté que la botella estaba vacía; completamente paralizado de pavor, me di cuenta de que Lola estaba muerta, muerta sobre un charco que olía a sangre y a champagne. El tapón de la botella no aparecía por ninguna parte. Más tarde el médico forense lo extrajo de su vulva, destrozada tras el descorchamiento de la botella.»

Mercedes Abad.
Ligeros libertinajes sabáticos, premio “La sonrisa vertical”, 1986  
Malos tiempos para el Absurdo o las delicias de Onán, fragmento.


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